“Se puede abandonar un campo de batalla sólo cuando se es capaz de permanecer en él; si se abandona cuando no se es capaz de permanecer en él, es una fuga.”
Hoy puedo considerarme un hombre afortunado, pero no siempre las tuve todas conmigo. Esta vida me ha enfrentado a las peores situaciones, ha puesto grandes rocas en mi camino, me ha zarandeado, arrojado al suelo, ha permitido que la lluvia me calase hasta las entrañas y que el Sol quemase mi piel. Decir que viví momentos duros sería como decir que te han dado una colleja después de recibir una brutal paliza. Sin embargo, he sobrevivido lo suficiente como para agradecerle el trato que me ha dado. Ella me golpeó, y yo le respondí con lo mejor que sabía hacer, resistir.
Si tengo una virtud esa es la de la persistencia. A los cuatro años me dejaron en el convento de Santa Eulalia, de mi madre sólo recuerdo el llanto del día en que quedé con las monjas. Allí me trataron bastante bien, no podía jugar, debía guardar silencio la mayor parte del tiempo, pero me daban de comer todos los días, y en tiempo de guerra pocos tenían ese privilegio. Cuando cumplí los ocho años fui enviado al orfanato de Santo Amaro, en La Coruña. Desde la ventana se podía ver el mar, ahora creo que aquello era un lujo, por desgracia el único lujo. Los ocho años allí son una edad jodida, (perdone mi rudeza lector, a esta edad uno ya no tiene pudor), no eres lo suficientemente pequeño como para que te ignoren, ni tampoco lo suficientemente mayor como para mandar en nadie, fue la etapa de aprender, de sufrir el robo de la comida, de llevar golpes, y guardar silencio mientras soñaba con poder bañarme algún día en el mar que veía desde la habitación. Desde mi ventana podía ver la playa, pero nunca había estado allí. A los once años mi primer sueño se cumplió, los curas nos llevaron de excursión y los niños “mayores” pudimos bañarnos en las frías aguas atlánticas, siempre bajo los histéricos gritos y supervisión de don Ernesto, un cura simpático que temía que nos ahogásemos. En realidad donde Ernesto tenía miedo a todo, creo que por eso se convirtió en sacerdote, por si acaso.
El orfanato de Santo Amaro había sido construido en los años veinte, sirvió de hospital durante la guerra. Los techos eran altos, todo parecía elegante, estaba pintando en color crema con marcos en marrón rojizo. Dentro albergaba a doscientos niños y cuarenta y ocho franciscanos, los números bailaban según las adopciones, ingresos, y alguna visita de la muerte, que solía llevarse un cura viejo cada año, entonces guardábamos luto un mes por el padre este o aquel. Se prohibía el juego en los patios, todo debía ser más silencioso… me recordaba un poco mi primera infancia en Santa Eulalia.
Al cumplir los catorce años la vida comenzó a apretar, esa era la edad de trabajar, y los curas nos despedían y enviaban a algún taller de la comarca para aprender un oficio. Era algo no muy distinto a la venta de esclavos, pero yo tenía claras dos cosas; Una, que esta vida no me iba a tumbar tan fácil, y dos, que no iba a ser esclavo de nadie. Así que se la jugué al destino, escapé mientras iba en el taxi de camino al oficio para el que había sido seleccionado, zapatero. A veces me pregunto que hubiese sido de mi vida si aquel diez de Julio de 1946 no saltase de aquel coche, me supo mal por el taxista. Corrí por la acera como si una manada de leones fuese detrás, corrí hasta caer al suelo y vomitar, miré hacia atrás, no había ningún león, y sonreí feliz, era libre, aunque todavía no sabía lo que eso significaba, pronto la calle me lo enseñaría.