Como dos lenguas de fuego…

Como dos lenguas de fuego que se pelean por consumir los últimos metros cúbicos de oxígeno que quedan en la habitación, todo está caliente, las ideas saltan de un hemisferio a otro y ya has empezado a pensar que puede que te estés volviendo loco. Decides buscar en ese rincón profundo de tu alma, ese atajo hacia tu corazón,  ruegas a todas tus neuronas que paren su alocado baile de sinapsis por un instante, y es en ese momento cuando sientes que te estás enamorando. Es la magia de su cuerpo, recorrer con tus manos, con tus labios, y hasta con tu lengua, la piel que la envuelve, SENTIR en mayúsculas.  Ahora ya lo sabes, abres la ventana y saltas, por suerte siempre has vivido encima del mar, te hundes en el agua salada. Creías que estabas a salvo, pero se te olvidó que debajo del agua tampoco puedes respirar.

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Love is War

Ahogué mi cigarro en el sucio cenicero que estaba sobre el escritorio, me gusta la forma en que una colilla se hunde y muere en el agua. Un par de horas antes había decidido echar los hielos en el cenicero, hoy el whisky debía estar solo, debía quemar en la garganta y arder en el estómago, necesitaba sentir que yo, como mi vida, se estaba quemando. No quiero perder el tren que lleva a ninguna parte, me enamoré de una mujer casada, y fui tan estúpido que llegué a creer que me quería. Pues bien, hoy es el día, el día de darse cuenta de que acabas de despertar en una pocilga, y todo aquello por lo que eras feliz sólo podías verlo con los ojos cerrados.

No quiero ser pesimista, pero la realidad es que dentro de no muchas horas la policía entrará por la puerta y todo se habrá acabado. Quiero morir como un señor, por eso he comprado la mejor botella de whisky que había en la licorería. El alcohol es el mejor psicólogo que conozco, me siento mucho mejor y sólo llevo dos horas bebiendo. No estoy seguro de por qué lo maté, pero ojalá la prensa diga que fue por amor. Bah!, a quién quiero engañar, esos patéticos periodistas sólo quieren vender mentiras, mañana el tema central será que la esposa del director tenía una aventura con un tipo como yo. El lado positivo de este desenlace es que todos habremos aprendido una importante lección, el amor es una guerra, y como tal, sólo deja perdedores.

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Una noche en la ciudad

Perdona si mentí cuando dije que conocía todos los colores. No puedo dormir, me gusta el ruido de los coches que pasan de madrugada, imagino las historias que transportan en esas horas que no son de nadie. Paseo de noche por calles desiertas, paseo por aceras tristes que descansan en silencio. El camión de la basura interrumpe el festín de tres gatos hambrientos, hace calor, los habitantes tratan de dormir en sus pisos hipotecados,  la almohada guarda las preocupaciones de una vida agitada, también las lágrimas de esa mujer a la que su marido ha dado una paliza. Hoy tampoco tiene sueño.

Ayer había un mendigo herido en el parque. ¿Qué le ha pasado señor? Personas asustadas, desorientadas, aunque hoy, que ya lo hemos perdido casi todo ¿Quién sabe a dónde va? ¿Quién sabe qué hace? Construimos muros de hormigón, jaulas, nos sentimos más seguros siendo prisioneros. ¿Cuándo empezó este miedo a volar?

Son las seis y diecisiete minutos, dentro de una hora saldrá el Sol, acaba mi turno y  los ciudadanos escapan de sus casas para continuar con su ridícula rutina, todo está revuelto, como una gallina en una granja industrial, pone huevos, no se mueve, la han convertido en una máquina más. ¿Qué estamos haciendo con el mundo? Me gusta trabajar de noche, las calles vacías, mi compañero habla poco y a los dos nos gusta pensar. Perdona si mentí cuando dije que conocía todos los colores, hace años que veo el mundo en blanco y negro, y ya se me ha olvidado aquel tiempo idílico que se supone debía recordar.

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Frente a la inmensidad del mar

Frente a la inmensidad del mar, con todos esos recuerdos en su interior, pensando en lo extraordinario del paisaje, de la vida, de ser conscientes de sí mismos. No podía describir la belleza que se reflejaba en su retina. Hacía por lo menos diez años que no contemplaba esa imagen, pero todo seguía igual, esas islas imperturbables, a pesar del transito de los barcos, de los turistas que se dirigían entusiasmados hacia ellas, a pesar de todo mantenían su carácter auténtico, mágico.

Él era como una de esas islas, una montaña que había resistido la embestida del océano más grande, una montaña que se negó a morir ahogada. Era muy viejo,  pero se encontraba bien, subió hasta la cima sin jadear, sus piernas, que habían recorrido medio mundo, tampoco se quejaron, todo su cuerpo era feliz en aquellas islas, a pesar del calor, a pesar del esfuerzo, todo en él funcionaba a la perfección en aquel lugar. Recordó la tarea que lo había traído hasta allí desde tan lejos, se puso a caminar, sabía exactamente que árbol era, todo seguía como antaño, era uno de esos pocos tesoros que se conservaban vírgenes, intactos. Empezó a cavar, y a un metro de profundidad encontró lo que había venido a buscar. Su cara se iluminó con una gran sonrisa, siempre tuvo esperanzas de encontrarlo, pero ahora era verdad, era suyo.

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Cataluña prohíbe la “fiesta” de los toros

Antes de escribir nada, pido disculpas a los que ya estén aburridos de escuchar opiniones sobre el tema, pero aunque no es mi costumbre comentar las noticias más populares del día, esta me llega al alma, y todavía no he escuchado a nadie dar una opinión coherente sobre el asunto.

A día 28 de julio de 2010, el parlamento catalán prohíbe las corridas de toros en dicha comunidad autónoma, y lo hace con un resultado ajustado; 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones.

Al margen de toda la guerra política que han montado los partidos independentistas y toda esa atmósfera de guerra institucional que se está creando, yo quiero hablar de los toros. Por la imagen que he elegido para ilustrar la noticia ya muchos deduciréis que apruebo la ley, y así es.

No soy aficionado a los toros, pero puedo hacerme una idea de lo que sienten los fans de la tauromaquia, y sé que es algo mucho más complejo que un torero asesinando un toro, igual que un apasionado del fútbol sabe que ese deporte es algo más que 22 personas corriendo detrás de una pelota. Muchos defensores de los toros aducen que es una tradición, “la fiesta nacional”… Si señores, será una fiesta nacional, igual que es costumbre en muchos pueblos, meter en una bolsa de plástico a los cachorros de la perra, o de la gata que haya tenido la desgracia de parir su camada en una casa de bárbaros y arrojarlos al río o enterrarlos vivos. Pero porque eso sea una costumbre no quiere decir que esté bien y haya que perpetuarlo por los siglos de los siglos.

La fiesta de los toros para muchos puede resultar de gran belleza, pero que se tortura a un animal es un hecho objetivo. El toro sufre, a veces los caballos también sufren las embestidas del toro que conllevan grandes desgarros, y eso significa causar más dolor. Hay un pueblo en España, de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que por sus fiestas arrojan a una cabra desde el campanario, porque es tradición.

Los animales forman parte de la naturaleza, y los seres humanos, por más que nos plastifiquemos, somos parte de esa naturaleza. Respetar a los animales es respetar una parte de nosotros. Es cierto que hay que ritualizar la violencia para que está no estalle, pero acribillar  a un toro no es una forma de hacerlo. Las personas tenemos otras formas de canalizar la violencia, existen deportes como las artes marciales mixtas donde se pelea con gran violencia, y se hace por voluntad propia.

Espero que algún día se castigué el maltrato a los animales, pero aún queda mucho por hacer, como prohibir los circos que utilizan animales en sus espectáculos. Será que como habla Gardner en su teoría de las inteligencias múltiples, algunos contamos con la “inteligencia animal” que nos permite comprender y sentir la naturaleza, mientras que otros carecen por completo de ella, igual que un psicópata carece de emociones…

El que hace daño a un niño, a un anciano, o a un animal, no tiene perdón.

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Si conoces un sueño mejor…

Sólo se pierden las cosas que no intentas, pero para intentarlo hay que tener valor, estar dispuesto a aceptar un no, a recibir un golpe, a ser herido, incluso a aceptar que no somos totalmente dueños de nuestro destino. Saltar es un decisión difícil, arriesgada, algo que un cobarde nunca haría. Quizá si sigues esperando sea demasiado tarde, quizá si sigues esperando nunca lo hagas. Algunas personas deciden conformarse, sí, esto está bien,  aunque en el fondo, en la verdad con si mismos, saben que merecen mucho más, que valen más, pero no se atreven a intentar conseguirlo. ¿Queremos una vida así? Seguro que no.

Es curioso, cuando más motivos tenemos para hacer algo, sólo pensamos en la razón para no hacerlo. Si conoces un sueño mejor… ¿Por qué no lo intentas?

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Supersticiosos…

Los supersticiosos, esas personas que poco a poco van llenando su vida de pequeños rituales  y objetos de “la buena suerte”. Necesitamos creer que nuestros triviales actos controlan el destino, siempre que me pongo esa camiseta de España, la selección gana, incluso algún día tuve que rescatar la vieja camiseta del cestón de la ropa sucia para que no perdiese. A los exámenes debo llevar el crucifijo que me regaló mi abuela, y por la calle nunca debo pasar por debajo de un andamio. Si, esas pequeñas cosas nos convierten  en un poco más importantes. Quizás nadie lo sepa, pero los supersticiosos salvamos el mundo cada día. En mi edificio nunca ha ocurrido una desgracia, porque siempre he evitado comprar ningún cactus (dan mala suerte), todos mis vecinos deberían estarme agradecidos, y eso que es una planta que me gustaría tener en mi despacho.

La superstición según la RAE es;  una “creencia extraña a la fe y contraria a la razón”. Quizá sean un poco sosos estos señores con las definiciones, ¿no creéis? Yo opino que la superstición es una forma de enfrentarse a ese ninguneo al que nos somete el destino, o el azar, como quieran llamarlo. Nunca me ha tocado la loteria, llevo jugando más de cinco años, todas las semanas, jueves, sábado y domingo, me gusta la estadística y conozco cuál es la remota posibilidad de ser el agraciado, sin embargo, he de confesar que cada semana tengo esperanzas de que me toque, y espero ansioso el sorteo, también es cierto que cada vez esas esperanzas son menos, pero siguen ahí.

En fin, no creo que la superstición tenga nada de malo, al igual que la religión, a algunos nos sirve de terapia, incluso puede convertirnos en superhéroes, y ayuda a dar sentido a nuestras vidas. Eso si, cada cuál que invente sus reglas, Good Luck 13.

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La vida privada de Pippa Lee

Ayer fui al cine a ver “La vida privada de Pippa Lee” dirigida por  Rebecca Miller. Llevaba tiempo sin ir al cine, y los 6,30€ de la entrada son un buen freno. Había poca gente en la sala, unas 10 personas, y un cine pequeño con salas pequeñas tiene su encanto, por desgracia cada vez quedan menos cines así. Sigo pensando en los 6,30€…  Dejando el tema de los cines para otra ocasión.

La película narra la vida de una mujer casada con un rico editor, en cuya vida se dan una serie de cambios. El film me dejó satisfecho, una comedia inteligente que deja un buen sabor de boca. La protagonista es una mujer, que a pesar de tener una infancia un poco complicada (¿y cuál no lo es?), es optimista y se toma con gran, como decirlo, ¿positividad? ¿emporwerment?,  diré que se toma las cosas de la  mejor manera posible, adaptándose al cambio, y sacando provecho de las piedras del camino.

El positivismo debería ser un punto fuerte en la sociedad, al fin y al cabo, todo tiene su lado positivo, de todo se puede sacar provecho, y si las cosas no suceden como nosotros queremos, siempre hay algo que podemos hacer para remediarlo. Volveré a un tópico pero, “la vida no es esperar a que pase la tormenta, es aprender a vivir bajo la lluvia”.

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Fuimos testigos

Sin querer fuimos testigos de una vida que derrotaba nuestras ilusiones, con la misma facilidad que el mar deshace los castillos de arena que un niño levanta en las tardes de verano. Llegó la guerra y con ella se ahogaron nuestras risas, sólo valía ser fascista o comunista, todos muriendo en una inútil, hiriente e irracional guerra fraticida.

Arrojamos valentía y luchamos con tenacidad por nuestros sueños, pero los años se empeñaron en demostrar que ya habíamos nacido perdedores. Yo asumí el destino, me alisté en uno de los bandos, me gané el apodo del “El feroz”; estaba ciego y ofrecía la pelea de un animal herido que intenta salvar la vida. Entonces no lo sabía, pero todo ese odio era el dolor por habernos separado.

Años más tarde terminó la guerra. En contra de lo que muchos piensan no fue un día feliz: había demasiados muertos, demasiado sufrimiento, demasiados duelos que enfrentar. El que diga que nosotros ganamos no sabe nada de la historia; todos perdimos y todos lloramos, desde el primer al último día.

Siguieron pasando los años, el país evolucionaba y  alguno se atrevió a ir olvidando las heridas. Me encontré contigo casi cuarenta años más tarde; eras la mejor médico del hospital. Yo estaba postrado en la cama, te reconocí tan pronto se cruzaron nuestras miradas. Era la primera vez que sonreía en todo ese tiempo. Ya sabía que iba a morir, pero no me importaba, en realidad creo que abandoné la vida el día que me separé de ti. Fue un reencuentro extraño, como si no hubiese pasado el tiempo; te cogí la mano con la intimidad de dos personas que siempre han vivido juntas. Te pedí perdón por marcharme, por ser un cobarde. Tú sellaste mis labios con el dedo índice y comenzaste a hablar, a contarme de ti. Yo  era feliz, sólo quería escuchar la voz que me había dado los mejores momentos de mi vida. Descubrí entonces que no habías perdido la ilusión, que conseguiste salvar a tus hermanos de las bombas, que te refugiaste en Francia, y que cuando regresaste no dudaste en salvar más vidas. Esa noche mi corazón decidió dejar de latir; y allí, Hospital 12 de Octubre de Madrid, habitación 255, allí murió un hombre feliz, feliz porque supe que jamás te perdí.

A ti que nunca te dejas vencer, que tienes la extraordinaria virtud de levantar cada día ese castillo de arena con la misma ilusión que el primer día.  Gracias.

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Una historia de violencia…

Vivimos en una sociedad emocionalmente analfabeta, antes de enseñarnos tan siquiera a leer o a escribir, enseñarnos las reglas básicas de las matemáticas, que la tierra es redonda, o que la gravedad hace que si lanzamos una piedra al cielo pueda impactar contra nuestra cabeza… antes de todo eso creo que es  más importante aprender a sentir, a identificar nuestras emociones, manejarlas y entenderlas. A veces resulta demasiado complicado vivir con mariposas en el estómago, dolores en el pecho, o lágrimas en los ojos, sin entender nada.

“Alguien está rompiendo los platos en la cocina, dice que quiere marcharse, que no es feliz, que la vida ha dado tantas vueltas que se ha mareado, se oyen golpes, silencio, se puede sentir la impotencia de la habitación de al lado, ya no puedes escuchar sus gritos , ese puñetazo los ha apagado, no oyes nada pero sabes que está llorando, en el piso de al lado hay una persona que necesita tu ayuda ¿Por qué no llamas?”

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